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  • Bad Bunny: crónica de un fenómeno que divide, conquista y redefine el pop global

    febrero 15th, 2026

    La historia de Bad Bunny no es solo la de un cantante que alcanzó fama mundial. Es la crónica de un cambio cultural que se gestó en barrios caribeños y terminó por sacudir a la industria musical global. Un fenómeno que genera admiración y rechazo con la misma intensidad, capaz de llenar estadios en cualquier continente y, al mismo tiempo, provocar debates sobre talento, identidad cultural y el rumbo del pop en el siglo XXI.

    Benito Antonio Martínez Ocasio nació en Vega Baja, Puerto Rico, en 1994. Como muchos jóvenes de su generación, creció escuchando reguetón, salsa, bachata y pop estadounidense. Sin embargo, su entrada a la música no fue glamorosa ni inmediata. Trabajaba de cajero en un supermercado mientras subía canciones a SoundCloud. Su voz grave, su forma casi despreocupada de cantar y una estética diferente llamaron la atención de productores que buscaban nuevos sonidos para el trap latino, un género que apenas comenzaba a tomar forma.

    La canción que lo puso en el radar fue “Soy Peor”, un tema oscuro y confesional que conectó con miles de jóvenes que no se sentían representados por la música romántica tradicional ni por el reguetón festivo. Bad Bunny apareció como un artista que hablaba sin filtros, mezclando arrogancia, vulnerabilidad y calle. No era el cantante pulido ni el bailarín virtuoso. Era, más bien, un personaje que parecía no pedir permiso para ocupar espacio.

    Desde entonces, su carrera se convirtió en una sucesión de éxitos comerciales. Colaboraciones con artistas internacionales, números récord en plataformas digitales y giras que agotaban entradas en minutos comenzaron a consolidarlo como una de las figuras más importantes de la música urbana. Sus álbumes fueron marcando etapas: desde el trap más crudo hasta producciones donde experimentó con sonidos caribeños, pop alternativo e incluso baladas introspectivas.

    El éxito, sin embargo, vino acompañado de controversia. Parte del público y algunos críticos cuestionaban su calidad vocal y su capacidad escénica. No pocos afirmaban que Bad Bunny no cantaba bien y que tampoco destacaba como bailarín. Para ellos, su éxito respondía más a una moda pasajera y a una fuerte maquinaria de marketing que a un talento musical excepcional.

    Pero, al mismo tiempo, sus seguidores defendían precisamente lo contrario: que su autenticidad era lo que lo hacía diferente. Bad Bunny no pretendía ser un crooner clásico ni un bailarín de precisión milimétrica. Representaba a una generación que valoraba más la actitud, la identidad y el mensaje que la perfección técnica. En sus conciertos, la energía colectiva importaba más que la ejecución vocal impecable.

    Mientras el debate continuaba, los premios comenzaron a acumularse. Grammys, Latin Grammys, premios Billboard y reconocimientos internacionales consolidaron su estatus. Sus álbumes rompieron récords de reproducciones y su presencia en listas de popularidad se volvió constante. Por primera vez, un artista que cantaba casi exclusivamente en español dominaba mercados tradicionalmente controlados por la música en inglés.

    Sin embargo, ha sido su participación en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl lo que ha terminado de convertirlo en un personaje imposible de ignorar incluso para quienes no seguían la música urbana. La presentación, cargada de referencias culturales latinas y ejecutada mayoritariamente en español, ha marcado un hito simbólico. Millones de espectadores presenciaron un espectáculo que rompía con la idea tradicional de que el entretenimiento global debía estar centrado en la cultura anglosajona.

    El show ha generado entusiasmo entre comunidades latinas que se han sentido representadas en uno de los escenarios más grandes del entretenimiento estadounidense. Pero también ha provocado críticas en sectores conservadores que consideran inapropiado que un espectáculo de alcance nacional no priorizara el idioma inglés. Las redes sociales se llenaron de debates encendidos y la figura de Bad Bunny volvió a situarse en el centro de la polémica.

    A esto se sumó otra discusión: la comparación con Michael Jackson. Algunos usuarios y medios comenzaron a referirse a Bad Bunny como el nuevo “rey del pop”, un título históricamente asociado al legado del cantante estadounidense. Para los seguidores de Jackson, la comparación resultó casi ofensiva. Jackson no solo fue un cantante, sino un innovador en la danza, el videoclip y la producción musical durante décadas. Equiparar a un artista urbano contemporáneo con esa figura histórica parecía, para muchos, exagerado e incluso irrespetuoso.

    Bad Bunny nunca se proclamó heredero de ese título, pero la conversación reflejó cómo su impacto cultural estaba generando nuevas narrativas en la música popular. Más que reemplazar a figuras del pasado, su éxito evidenciaba un cambio en el centro de gravedad de la industria musical: el pop ya no pertenecía exclusivamente al mundo angloparlante.

    Las polémicas no se limitaron a la música. El artista también ha estado involucrado en discusiones relacionadas con su comportamiento público, decisiones personales y posturas políticas. Algunos episodios, como enfrentamientos con paparazzi o reacciones impulsivas ante invasiones a su privacidad, alimentaron críticas sobre su actitud. Otros momentos, como su defensa de derechos sociales y su apoyo a causas en Puerto Rico, lo posicionaron como una figura comprometida para parte de su audiencia.

    A pesar de todo, el éxito no disminuyó. Sus giras continuaron agotando entradas y sus canciones dominaron plataformas digitales. La moda también se convirtió en un terreno donde Bad Bunny dejó huella: su estilo desafió normas tradicionales de masculinidad, incorporando ropa y accesorios que rompían esquemas dentro del mundo urbano. Esto, nuevamente, generó tanto admiración como rechazo.

    Quizá la pregunta más recurrente sigue siendo cómo un artista que muchos consideran limitado técnicamente logra convertirse en uno de los más exitosos del mundo. La respuesta no es simple, pero apunta a varios factores: carisma, capacidad para conectar con emociones colectivas, intuición para entender tendencias culturales y una habilidad notable para reinventarse sin perder identidad.

    Bad Bunny encarna el espíritu de una generación que consume música de forma distinta, que prioriza autenticidad y diversidad cultural por encima de la perfección técnica. Para algunos, representa la decadencia del pop tradicional; para otros, es la prueba de que la música popular siempre está en transformación.

    Su historia también habla del poder del mercado latino y de cómo la industria musical se ha vuelto verdaderamente global. Lo que antes era considerado música regional hoy domina listas de popularidad en todo el mundo. El español ya no es una barrera, sino un puente.

    En este escenario, Bad Bunny aparece como un símbolo de cambio. Un artista que despierta pasiones opuestas, que puede ser idolatrado por millones y criticado con la misma intensidad. Un fenómeno que demuestra que el éxito en la música moderna no depende únicamente de la voz o de la técnica de baile, sino de la capacidad de representar a una época.

    Tal vez dentro de algunos años, cuando el ruido de las redes sociales se disipe y la perspectiva histórica permita juzgar con mayor claridad, se entenderá mejor qué lugar ocupa Bad Bunny en la historia de la música. Por ahora, su figura sigue creciendo entre aplausos y críticas, confirmando que pocas cosas generan tanto interés como los artistas que desafían expectativas.

    Y en ese terreno de controversia, éxito y reinvención constante, Bad Bunny continúa escribiendo su propia crónica: la de un joven que pasó de embolsar compras en un supermercado a convertirse en una de las voces más influyentes de la cultura pop contemporánea, aun cuando muchos sigan discutiendo si canta bien, si baila mal o si merece los títulos que algunos le otorgan.

    Lo cierto es que, guste o no, su impacto ya forma parte del paisaje musical de nuestra época. Y esa, quizá, es la señal más clara de que su historia todavía está lejos de terminar.

    Paco Encinar

  • Taxi Driver, 50 años después: la noche eterna de Travis Bickle

    febrero 14th, 2026

    Por qué la película de Scorsese sigue siendo un espejo incómodo medio siglo después

    En 1976, cuando Taxi Driver llegó a los cines, Estados Unidos estaba todavía intentando recomponerse de la resaca de Vietnam, del escándalo Watergate y de una sensación colectiva de fracaso moral. Nueva York era percibida como una ciudad al borde del colapso: crimen, basura, prostitución, heroína, crisis económica y una sensación constante de inseguridad. En ese caldo social apareció una película que no pretendía consolar a nadie. Todo lo contrario: obligaba al espectador a mirar directamente a la oscuridad.

    Cincuenta años después, Taxi Driver sigue resultando incómoda. Y quizá ahí resida su grandeza. No envejeció como una película nostálgica ni como un clásico amable; envejeció como una herida que no termina de cerrar.

    Aprovechando su 50º aniversario, merece la pena volver a ella no solo como obra maestra del cine moderno, sino como fenómeno cultural que redefinió lo que podía ser un protagonista, cómo podía mostrarse la violencia y hasta qué punto el cine podía obligarnos a convivir con un personaje profundamente perturbador.

    Porque Travis Bickle no es un héroe. Y, sin embargo, el cine lo convirtió en icono.

    El nacimiento de Travis Bickle: un personaje nacido de la crisis

    El origen de la película está en el guion de Paul Schrader, escrito en un momento personal muy oscuro. Recién divorciado, sin dinero, viviendo en su coche y sumido en una depresión severa, Schrader se sentía completamente desconectado del mundo. Él mismo ha contado que se reconocía en esa figura del hombre que conduce sin rumbo durante la noche, incapaz de dormir, incapaz de encajar.

    De ahí nace Travis Bickle: un exmarine insomne, aislado, sin habilidades sociales, incapaz de relacionarse con normalidad y obsesionado con la suciedad moral que cree ver a su alrededor.

    Cuando Martin Scorsese leyó el guion, entendió inmediatamente que ahí había algo especial. No era un thriller, ni un drama clásico. Era una película sobre la soledad, sobre la alienación urbana y sobre la mente de un hombre que lentamente se desmorona.

    El proyecto consiguió financiación de forma relativamente modesta, y nadie imaginaba que terminaría siendo una de las películas más influyentes del siglo XX.

    Nueva York como personaje: la ciudad enferma

    Una de las claves de Taxi Driver es su ambientación. La ciudad no es un simple escenario: es un organismo vivo, sudoroso, amenazante.

    El director de fotografía Michael Chapman filmó una Nueva York nocturna llena de vapor, luces de neón y calles mojadas que parecían sacadas de una pesadilla. Times Square era entonces un territorio plagado de cines porno, prostitución y tráfico de drogas. No había glamour. Había decadencia.

    Scorsese decidió rodar muchas escenas en localizaciones reales, capturando el ruido y la suciedad auténtica de la ciudad. Los reflejos en el parabrisas, las luces rojas y amarillas, el humo saliendo de las alcantarillas… todo contribuye a la sensación de que Travis conduce por el interior de un infierno urbano.

    La ciudad que vemos es la que Travis percibe: un lugar que necesita ser limpiado.

    Y ahí comienza el peligro.

    Robert De Niro: la construcción de un monstruo cotidiano

    Si Taxi Driver funciona, en gran parte es por Robert De Niro. Su interpretación es tan contenida como inquietante.

    Para preparar el papel, De Niro obtuvo una licencia real de taxista y trabajó varias semanas conduciendo por Nueva York. Escuchaba a los pasajeros, observaba comportamientos, absorbía la atmósfera nocturna. Incluso rodando Novecento en Europa regresó brevemente a Nueva York para seguir conduciendo y no perder el contacto con el personaje.

    Su Travis Bickle no es un villano evidente. Es callado, educado incluso, pero profundamente desconectado. Cuando intenta cortejar a Betsy, interpretada por Cybill Shepherd, vemos su incapacidad para comprender las normas sociales más básicas.

    La famosa escena del cine porno, donde lleva a su cita creyendo que es una actividad normal, no pretende ser cómica: muestra hasta qué punto vive fuera de la realidad común.

    La explosión final de violencia, por tanto, no surge de repente. Es la culminación de un proceso que la película ha ido construyendo con paciencia quirúrgica.

    “You talkin’ to me?”: el momento que nadie esperaba

    La escena más famosa de la película ni siquiera estaba en el guion.

    Scorsese pidió a De Niro que improvisara frente al espejo mientras Travis ensayaba un enfrentamiento imaginario. De ahí salió el mítico: “You talkin’ to me?”

    Lo curioso es que la escena no estaba pensada como momento icónico. Sin embargo, capturaba perfectamente la psicología del personaje: un hombre solo, fantaseando con su propia violencia, intentando convencerse de que tiene un propósito.

    Hoy es una de las frases más citadas de la historia del cine. Pero en realidad es un momento profundamente triste: un hombre ensayando cómo existir.

    Jodie Foster y la polémica inevitable

    Otro elemento crucial fue la presencia de Jodie Foster como Iris, la prostituta adolescente que Travis intenta “rescatar”.

    Foster tenía solo 12 años durante el rodaje, lo que generó controversia ya entonces. Muchas de las escenas más delicadas se resolvieron con dobles y con una enorme supervisión, pero la polémica nunca desapareció del todo.

    Sin embargo, su interpretación aporta una humanidad inesperada. Iris no aparece como simple víctima; tiene personalidad, humor, contradicciones. No quiere necesariamente ser salvada. Y eso complica la fantasía heroica de Travis.

    La película cuestiona continuamente la idea del salvador.

    Cannes, escándalo y consagración

    Cuando Taxi Driver se presentó en el Festival de Cannes de 1976, la reacción fue intensa. Algunos críticos la consideraron excesivamente violenta. Otros la calificaron de obra maestra inmediata.

    Ganó la Palma de Oro.

    El éxito internacional confirmó que Scorsese no era solo un talento emergente, sino una de las voces fundamentales del nuevo cine estadounidense, junto a Coppola, Spielberg o Lucas.

    Pero el impacto cultural de la película no terminó ahí.

    Violencia, controversia y consecuencias inesperadas

    Con los años, la película quedó ligada a episodios oscuros de la vida real. El caso más conocido es el intento de asesinato del presidente Ronald Reagan en 1981 por parte de John Hinckley Jr., quien declaró estar obsesionado con Jodie Foster y haber tomado inspiración de la película.

    Aquello reabrió el debate sobre si el cine podía influir en la violencia real. Scorsese y Schrader siempre defendieron que la película no glorifica la violencia, sino que muestra sus consecuencias y su absurdo.

    Aun así, la incomodidad permanece. Y quizá eso es precisamente lo que hace que la película siga siendo relevante.

    Un antihéroe convertido en icono

    Uno de los aspectos más fascinantes de Taxi Driver es cómo el público ha reinterpretado a Travis Bickle con el paso del tiempo.

    La película termina con Travis convertido en una especie de héroe mediático tras el baño de sangre final. Pero Scorsese deja claro que no hay redención real. El personaje sigue siendo el mismo hombre inestable que al principio.

    La última mirada en el retrovisor sugiere que todo puede volver a ocurrir.

    Sin embargo, la cultura popular transformó a Travis en figura de culto: la chaqueta militar, el corte de pelo mohicano, la frase del espejo. Elementos que en la película representan alienación y violencia terminaron convertidos en iconos pop.

    Una ironía que la propia película ya anticipaba.

    ¿Por qué sigue siendo actual 50 años después?

    Porque el aislamiento que muestra no ha desaparecido. Solo ha cambiado de forma.

    Hoy hablamos de soledad digital, de radicalización online, de individuos desconectados que encuentran sentido en ideologías extremas o fantasías violentas. Travis Bickle podría existir perfectamente en la actualidad, solo que en lugar de conducir un taxi navegaría por foros y redes sociales durante noches interminables.

    La pregunta que lanza la película sigue abierta: ¿qué ocurre cuando alguien siente que no pertenece a ningún lugar?

    Medio siglo después: una película imposible de domesticar

    A diferencia de otros clásicos, Taxi Driver nunca se volvió cómoda. No se convirtió en una película “de fondo”. Sigue obligando al espectador a enfrentarse a emociones desagradables.

    El 50º aniversario ha traído restauraciones en 4K, reestrenos y ciclos de homenaje en todo el mundo. Pero más allá de la celebración, la película sigue siendo un recordatorio de que el cine puede ser algo más que entretenimiento: puede ser una mirada directa a nuestras zonas más oscuras.

    Y quizá por eso sigue viva.

    Porque Travis Bickle sigue conduciendo por la noche.

    Y, en el fondo, todos reconocemos algo inquietante en ese viaje.

    Paco Encinar

  • El Goya Internacional para Susan Sarandon, la indómita de Hollywood

    enero 29th, 2026
    Screenshot

    La noticia llegó como llegan las buenas noticias que no sorprenden, pero reconcilian: Susan Sarandon recibirá el Goya Internacional. No es un premio por una película concreta ni por una moda pasajera, sino por algo mucho más difícil de sostener en el tiempo: una trayectoria larga, incómoda, valiente y profundamente personal. La Academia de Cine española habla de una “filmografía extraordinaria” y de su “compromiso social”. Dicho de otra forma: se premia a una actriz que nunca se conformó con ser solo actriz.

    Este Goya no llega tarde ni pronto. Llega cuando su figura puede mirarse con perspectiva, sin el ruido de la actualidad inmediata, y entenderse como lo que es: la historia de una mujer que convirtió cada etapa de su vida en una ampliación de su libertad.

    Una estrella que nunca quiso serlo del todo

    Susan Sarandon nació en 1946, en Nueva York, en una familia numerosa, católica y bastante alejada del brillo de Hollywood. No soñaba con alfombras rojas ni con convertirse en icono generacional. Estudió teatro casi por accidente y llegó al cine también por una mezcla de curiosidad y azar. Quizá por eso, desde el principio, su carrera estuvo marcada por una extraña independencia: nunca pareció necesitar la aprobación del sistema que, sin embargo, terminó rindiéndose a ella.

    Sus primeros papeles no la colocaron inmediatamente en el centro del mapa. Durante los años setenta fue una actriz que trabajaba mucho, pero sin el estatus de “estrella”. Y, sin embargo, ahí ya estaba el germen de todo lo que vendría después: una presencia distinta, una forma de estar en pantalla que combinaba vulnerabilidad, ironía y una sensualidad nada complaciente.

    El culto, lo extraño y lo inesperado

    En 1975 ocurrió algo que marcaría su relación con el público para siempre: The Rocky Horror Picture Show. Una película inicialmente incomprendida, destinada a convertirse en un fenómeno cultural sin precedentes. Sarandon, como Janet Weiss, quedó asociada para siempre a ese universo transgresor, sexualmente libre, exagerado y camp. Lo interesante es que ella nunca renegó de ese papel, algo poco habitual en intérpretes que buscan “prestigio”.

    Al contrario: entendió muy pronto que el cine popular, incluso el más excéntrico, también podía ser un espacio de libertad. Esa mirada —no jerárquica, no elitista— explica buena parte de su filmografía posterior.

    El reconocimiento crítico: cuando todo encaja

    Los años ochenta fueron decisivos. Atlantic City (1980) la colocó definitivamente en el radar de la crítica internacional. Su personaje, lleno de deseo, frustración y ambición silenciosa, mostraba una complejidad femenina poco habitual para la época. Llegaron las nominaciones, los premios, el respeto de la industria.

    Pero Sarandon nunca utilizó ese reconocimiento como un billete de entrada a papeles cómodos. Cada vez que Hollywood parecía ofrecerle un camino claro, ella tomaba una desviación. Alternó cine de autor con producciones comerciales, personajes secundarios con protagonistas incómodas, historias románticas con relatos políticos.

    Thelma & Louise: un antes y un después

    En 1991 llegó Thelma & Louise. No solo fue un éxito; fue un terremoto cultural. La película redefinió el imaginario femenino en el cine mainstream y Sarandon, junto a Geena Davis, se convirtió en símbolo de una rebelión sin consignas explícitas. Su Louise era dura, irónica, herida y ferozmente leal. No pedía perdón. No explicaba demasiado. Simplemente avanzaba.

    Ese papel marcó a toda una generación y consolidó algo que ya era evidente: Susan Sarandon no interpretaba mujeres “agradables”, sino mujeres completas. Con contradicciones, con rabia, con deseo propio.

    El Oscar y la madurez sin concesiones

    El Oscar llegó en 1996 por Dead Man Walking. Un premio que reconocía no solo una actuación magistral, sino también una elección valiente. La película abordaba la pena de muerte desde una mirada humana y profundamente incómoda. Sarandon interpretaba a una monja que acompañaba a un condenado en sus últimos días. Nada de sentimentalismo fácil. Nada de heroísmo impostado.

    Ese Oscar no la transformó en una actriz acomodada. Al contrario: lo utilizó como plataforma para seguir eligiendo historias que le importaban, incluso cuando no garantizaban éxito comercial.

    Envejecer sin pedir disculpas

    Una de las razones por las que el Goya Internacional tiene tanto sentido es que Sarandon ha desafiado, de forma casi militante, el edadismo en la industria. Mientras muchas actrices desaparecían de los papeles protagonistas al cumplir cierta edad, ella seguía trabajando, produciendo y ocupando espacio público.

    No intentó disimular el paso del tiempo ni reinventarse como caricatura de sí misma. Aceptó la madurez como una nueva etapa creativa. En comedias, dramas, series de televisión o cine independiente, su presencia seguía siendo reconocible y, al mismo tiempo, sorprendente.

    Activismo sin estrategia de marketing

    Si hay algo que distingue a Susan Sarandon de muchas figuras públicas es que su activismo nunca pareció diseñado por un departamento de comunicación. Ha apoyado causas políticas y sociales durante décadas, incluso cuando eso le costó críticas, pérdida de contratos o ataques mediáticos.

    No es una activista “cómoda”. No mide siempre las consecuencias. Y, precisamente por eso, su compromiso resulta creíble. No se trata de estar del lado correcto de la historia, sino de asumir el riesgo de equivocarse públicamente.

    Una carrera hecha de decisiones

    Mirar hoy la trayectoria de Susan Sarandon es observar una carrera construida a base de decisiones, no de inercia. Decisiones artísticas, personales y políticas. Algunas fueron aplaudidas, otras discutidas, pero todas coherentes con una idea muy clara de libertad.

    El Goya Internacional no premia una filmografía perfecta ni una carrera sin sombras. Premia algo mucho más interesante: una vida profesional vivida sin pedir permiso.

    Epílogo: por qué importa este premio

    Que la Academia española le otorgue este reconocimiento no es solo un gesto hacia una gran actriz internacional. Es también una declaración de valores. Significa celebrar el riesgo, la coherencia, la incomodidad y la longevidad creativa. Significa recordar que el cine no avanza solo con nuevas caras, sino también con miradas que se niegan a desaparecer.

    Susan Sarandon no es solo parte de la historia del cine. Es parte de su conciencia. Y por eso este Goya no es un punto final, sino una coma larga, abierta, como toda buena historia que todavía tiene cosas que decir.

    Paco Encinar

  • Evita cumple 30 años: cuando Madonna desafió a la Argentina y al mito

    enero 28th, 2026

    En enero de 1996, una mujer rubia, pequeña, vestida de oscuro y rodeada de guardaespaldas, bajó de un avión en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza. No era una jefa de Estado ni una estrella de cine tradicional. Era Madonna Louise Ciccone, la mayor popstar del planeta, y acababa de aterrizar en Argentina para interpretar a Eva Perón. Desde ese instante —mucho antes de que la película se estrenara— Evita ya era un fenómeno cultural, político y emocional. Treinta años después, aquel rodaje sigue siendo una herida abierta, un recuerdo incómodo y, al mismo tiempo, una postal fascinante del choque entre Hollywood y la memoria argentina.

    El mito antes de la película

    Eva Duarte de Perón no es solo un personaje histórico. En Argentina, Evita es un símbolo que despierta devoción, rechazo, pasión y disputa. Es santa popular para algunos; oportunista para otros; bandera política, ícono feminista, mártir, traidora, milagro. Su imagen forma parte del ADN visual del país.

    Por eso, cuando se anunció que Madonna protagonizaría la adaptación cinematográfica del musical Evita, compuesto por Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, la reacción fue inmediata y visceral. No importaba que el musical llevara casi dos décadas triunfando en Broadway y el West End. No importaba que la historia ya estuviera filtrada por una mirada británica. Para muchos argentinos, Evita no podía ser cantada en inglés ni interpretada por una artista asociada al escándalo sexual, la provocación religiosa y el pop global.

    Madonna, por su parte, entendió desde el inicio que no estaba aceptando un papel más. Estaba entrando en un territorio simbólico minado.

    Protestas, pintadas y cartas al presidente

    El rechazo fue público, ruidoso y a veces hostil. Antes incluso de que comenzara el rodaje, aparecieron pintadas en Buenos Aires con mensajes como “Madonna go home”. Sectores del peronismo, sindicatos y organizaciones políticas denunciaron una “profanación cultural”. Hubo amenazas, llamados a boicotear la filmación y una fuerte presión para impedir que el equipo accediera a espacios emblemáticos.

    El punto más sensible era la Casa Rosada. El balcón desde el cual Eva Perón habló a las multitudes no era un decorado más: era casi un altar cívico. Que una actriz extranjera cantara allí Don’t Cry for Me Argentina parecía, para muchos, una blasfemia.

    Madonna escribió entonces una carta personal al presidente Carlos Menem. En ella pedía permiso, respeto y comprensión. No hablaba como diva, sino como actriz comprometida con su trabajo. Finalmente, el gobierno autorizó la filmación, aunque con restricciones y bajo una vigilancia extrema.

    El día del rodaje, en marzo de 1996, la Plaza de Mayo se llenó de curiosos, manifestantes y periodistas. Cuando Madonna salió al balcón, vestida de blanco, y comenzó a cantar, ocurrió algo inesperado: el silencio. Incluso muchos de sus detractores reconocieron después que, por un instante, la escena tuvo una fuerza difícil de negar.

    Madonna vs. Evita

    Parte del conflicto residía en la figura de Madonna misma. Para los argentinos, Eva Perón había sido pobre, frágil, enferma, sacrificada. Madonna era poderosa, multimillonaria, sexualmente libre, dueña absoluta de su imagen. ¿Cómo podía esa mujer encarnar a la “abanderada de los humildes”?

    Pero Madonna no intentó imitar a Evita como caricatura ni suavizar su propia personalidad. Estudió discursos, fotografías, grabaciones. Adelgazó, tomó clases de canto lírico, trabajó el acento, la postura, la rigidez corporal. Su interpretación no buscaba agradar, sino imponerse.

    Treinta años después, esa elección sigue dividiendo opiniones. Para algunos críticos, Madonna humanizó a Eva Perón y la sacó del bronce. Para otros, nunca logró borrar la sensación de artificio, de estrella interpretando a un mito que no le pertenecía.

    Un rodaje argentino, una película global

    Más allá de la polémica, Evita fue una superproducción sin precedentes en la Argentina de los años noventa. El equipo se movió entre Buenos Aires, Budapest y estudios europeos. Participaron cientos de extras locales, técnicos argentinos y bailarines que aún hoy recuerdan el rodaje como una experiencia tan caótica como inolvidable.

    El film recreó funerales multitudinarios, actos políticos y escenas íntimas con una estética operística, exagerada, deliberadamente teatral. Antonio Banderas, como Che, funcionaba como narrador y conciencia crítica. Jonathan Pryce componía un Juan Domingo Perón más distante que el del imaginario popular argentino.

    La película no buscaba realismo histórico, sino emoción y espectáculo. Ese fue, quizá, su mayor malentendido con el público local.

    El estreno y la consagración internacional

    Evita se estrenó de forma limitada el 25 de diciembre de 1996 en Estados Unidos y se expandió en enero de 1997. La recepción fue desigual, pero potente. Madonna ganó el Globo de Oro a Mejor Actriz en comedia o musical, un reconocimiento que ella misma describió como uno de los más importantes de su carrera.

    La canción original You Must Love Me ganó el Oscar, consolidando el prestigio del proyecto en la industria. Para el mundo, Evita era un musical ambicioso, elegante, emotivo. Para Argentina, seguía siendo una obra incómoda, difícil de abrazar sin reservas.

    Treinta años después: ¿qué queda de Evita?

    En 2026, al cumplirse treinta años del rodaje y del estreno, Evita vuelve a circular. Medios argentinos revisitan las protestas, las anécdotas, las heridas. En Estados Unidos y Europa, algunos cines programan funciones especiales por el aniversario. En plataformas de streaming, la película reaparece como “clásico moderno”.

    La distancia temporal permite otra mirada. Ya no se discute si Madonna “merecía” el papel. La pregunta ahora es qué nos dice Evita sobre la globalización cultural, sobre cómo los mitos nacionales se transforman cuando son contados desde afuera.

    La película no reemplazó a Eva Perón en el imaginario argentino, ni lo pretendía. Lo que hizo fue agregar una capa más al mito: una Evita cantada en inglés, filmada con grúas y reflectores, interpretada por una mujer que también entendía el poder de la imagen y la adoración de las masas.

    Una herida que también es espejo

    Quizás por eso Evita sigue incomodando. Porque obliga a preguntarse quién tiene derecho a contar una historia. Porque expone el choque entre identidad local y cultura global. Porque recuerda que los mitos, incluso los más sagrados, nunca son estáticos.

    Treinta años después, la imagen de Madonna en el balcón de la Casa Rosada ya no provoca protestas, pero tampoco indiferencia. Sigue siendo una escena cargada de tensión, belleza y contradicción. Como la propia Eva Perón. Como la Argentina misma.

    Evita no es una película amada unánimemente, ni falta que hace. Su verdadero legado es haber demostrado que los mitos sobreviven incluso cuando se los discute, se los canta en otro idioma o se los mira con desconfianza. Y que, a veces, el mayor homenaje no es la fidelidad absoluta, sino la capacidad de seguir generando debate treinta años después.

    Paco Encinar

  • Treinta años después, el cuchillo sigue en alto: la herida abierta de Scream 7

    enero 25th, 2026

    Treinta años después de que un teléfono sonara en una casa de Woodsboro y una pregunta aparentemente inocente —“¿Cuál es tu película de terror favorita?”— cambiara para siempre el género slasher, Scream vuelve a levantar el cuchillo con una séptima entrega que no solo busca asustar, sino también dialogar con su propio legado. Scream 7 no llega como una secuela más, sino como un acontecimiento cargado de simbolismo, expectativas y cicatrices, tanto dentro como fuera de la pantalla. En un panorama cinematográfico saturado de reboots y nostalgia reciclada, la saga creada por Wes Craven y Kevin Williamson se enfrenta a uno de sus mayores desafíos: demostrar que todavía tiene algo nuevo que decir sin traicionar aquello que la convirtió en un clásico.

    La figura de Sidney Prescott vuelve a ocupar el centro del relato, y no es un regreso menor. Tras su ausencia en la sexta película, Neve Campbell retoma el papel que la convirtió en icono del terror moderno. Pero la Sidney de Scream 7 no es la joven perseguida de los noventa ni la superviviente curtida de las secuelas; es una mujer que ha construido una vida lejos del horror, una madre que creyó haber dejado atrás el trauma y que ahora descubre que el pasado no se entierra tan fácilmente. Ghostface, siempre perverso y siempre consciente de las reglas del género, parece haber entendido que la forma más cruel de volver no es repetir viejos trucos, sino atacar donde más duele: la familia. La amenaza ya no se limita a la protagonista; se proyecta sobre su hija, y con ello el terror adquiere una dimensión íntima, casi doméstica, que redefine el conflicto central de la saga.

    Este giro narrativo no es casual. Scream 7 llega en un momento de revisión generacional, tanto dentro del universo ficticio como en el mundo real. Los espectadores que crecieron con la trilogía original hoy son adultos, muchos de ellos padres, y la película parece consciente de ello. El miedo ya no reside solo en morir joven, sino en no poder proteger a quienes amas. La saga, siempre experta en leer su tiempo, adapta sus códigos a una audiencia que ha cambiado, sin abandonar su ADN meta y autorreferencial. Porque si algo ha definido siempre a Scream es su capacidad para hablar del cine de terror mientras lo practica, para burlarse de sus reglas al mismo tiempo que las utiliza con precisión quirúrgica.

    Detrás de las cámaras, el regreso de Kevin Williamson como director refuerza la sensación de círculo que se cierra —o que quizá vuelve a abrirse con más fuerza. Williamson, guionista de la película original, retoma el control creativo en una franquicia que, tras la muerte de Wes Craven y el relevo generacional de directores, parecía buscar un nuevo equilibrio. Su implicación no es solo un gesto nostálgico, sino una declaración de intenciones: Scream 7 quiere reconectar con el espíritu fundacional de la saga, ese equilibrio tan difícil entre terror, humor negro y comentario cultural. No se trata de imitar el pasado, sino de reinterpretarlo desde la experiencia acumulada.

    El reparto refleja esta misma idea de continuidad y renovación. Junto a los rostros históricos como Courteney Cox en el papel de Gale Weathers —periodista incansable, testigo incómodo y superviviente crónica— conviven personajes de las entregas más recientes y nuevas incorporaciones que amplían el universo narrativo. La saga siempre ha entendido que cada nueva película es, en el fondo, una historia sobre quién hereda el trauma y quién paga el precio de estar cerca de él. En ese sentido, Scream 7 parece especialmente interesada en explorar el concepto de legado: qué significa haber sobrevivido, qué se transmite a la siguiente generación y si es posible romper el ciclo de violencia o si, por el contrario, está condenado a repetirse con nuevas máscaras.

    Todo esto ocurre, además, bajo la sombra de una producción marcada por la controversia. Las salidas de actrices clave y las tensiones públicas en torno al proyecto han convertido a Scream 7 en una película observada con lupa, analizada no solo por lo que cuenta, sino por lo que representa. Para algunos fans, es una traición; para otros, una oportunidad de reinvención. Lo cierto es que esta tensión entre expectativas, decepciones y esperanza forma parte del propio ADN de la saga. Scream siempre ha sido una franquicia consciente de su audiencia, de sus debates internos, de sus contradicciones. En cierto modo, el ruido externo no hace sino reforzar su carácter meta: la película existe en diálogo constante con quienes la miran, la juzgan y la discuten.

    En el plano estético y tonal, los avances y materiales promocionales sugieren una apuesta por un terror más sobrio y emocionalmente cargado, sin renunciar al juego con los clichés. Ghostface sigue siendo reconocible, pero su presencia parece más amenazante, menos juguetona, como si la saga hubiera decidido madurar junto a sus personajes. Hay una sensación de cierre latente, aunque nunca explícita. Scream 7 se mueve en ese terreno ambiguo donde cada escena podría ser una despedida o el inicio de algo nuevo. Y esa ambigüedad, lejos de ser un defecto, es una de sus mayores virtudes.

    Al final, Scream 7 no es solo una película de terror; es un comentario sobre el paso del tiempo, sobre la memoria colectiva y sobre la imposibilidad de escapar por completo de las historias que nos definen. Sidney Prescott vuelve a correr, a esconderse y a enfrentarse al asesino, pero también vuelve a mirar atrás, a preguntarse si sobrevivir fue suficiente o si el verdadero precio del horror se paga a largo plazo. Ghostface, por su parte, sigue siendo el espejo deformado de una sociedad obsesionada con la violencia, el espectáculo y la repetición, un recordatorio de que el miedo cambia de forma, pero nunca desaparece.

    Cuando Scream 7 llegue a los cines, no solo se evaluará si da miedo o si respeta las reglas del slasher. Se juzgará si ha sabido entender por qué Scream sigue importando treinta años después. Si logra equilibrar respeto y riesgo, memoria y evolución, puede convertirse no solo en una secuela digna, sino en una pieza clave dentro del legado de la saga. Y quizá, una vez más, el teléfono vuelva a sonar para recordarnos que, en el cine de terror, nadie está realmente a salvo… ni siquiera los clásicos.

    Paco Encinar

  • Spielberg y la Revelación Inminente: El Regreso Magistral al Misterio Extraterrestre

    enero 7th, 2026

    Steven Spielberg ha regresado al terreno que mejor domina: la ciencia ficción cargada de misterio y emoción humana, ese espacio donde lo extraordinario irrumpe en lo cotidiano para cuestionar nuestra soledad cósmica. El día de la revelación, conocida en inglés como Disclosure Day, llega a los cines el 12 de junio de 2026 con la promesa de revivir la magia de sus clásicos sobre lo extraterrestre, pero adaptada a una era de conspiraciones virales y desinformación global. El teaser lanzado el 15 de diciembre de 2025 ha encendido las redes y los foros especializados, dejando un rastro de especulaciones que solo aumenta la expectación por esta historia original del director, concebida como un evento pivotal en su filmografía tardía.​​

    El proyecto nace directamente de una idea propia de Spielberg, quien tras el intimismo reflexivo y autobiográfico de Los Fabelman en 2022 –su exploración personal del cine como salvavidas–, anhela de nuevo el pulso acelerado del cosmos y lo desconocido, ese territorio que lo catapultó a la fama en los setenta. El rodaje se completó en tiempo récord, entre febrero y mayo de 2025, en localizaciones estratégicas como Nueva Jersey, Nueva York, Atlanta y Huntington, lugares que capturan la esencia de una América profunda, polvorienta y creíble, donde las tormentas no son solo meteorológicas sino portales a lo inexplicable. Bajo el título provisional Non-View, que sugería la negación de lo visible, las cámaras rodaron escenas de alta tensión con efectos visuales ambiciosos pero siempre al servicio de la emoción humana. David Koepp, el guionista maestro detrás de Jurassic Park o La guerra de los mundos, da forma a un relato sobre un «día de revelación» global: gobiernos de todo el mundo confiesan contactos alienígenas ocultos durante décadas, y una meteoróloga interpretada por Emily Blunt se ve atrapada en el ojo del huracán, observando fenómenos que desafían la física conocida. Josh O’Connor da vida a un denunciante atormentado por secretos clasificados, mientras Colin Firth, Eve Hewson y Colman Domingo aportan capas de profundidad emocional y moral a este elenco estelar, seleccionado con el ojo infalible del director para equilibrar vulnerabilidad y carisma.​​

    Génesis Creativa y Producción Intensa

    Spielberg concibió esta cinta como un retorno consciente a sus raíces cinematográficas, evocando la pura maravilla de Encuentros en la tercera fase y la ternura inolvidable de E.T., pero filtrada a través de un lente contemporáneo que incorpora las ansiedades de nuestra época digital. La trama se centra en ese «día de revelación» donde documentos desclasificados, grabaciones borrosas y fenómenos inexplicables sacuden las estructuras de poder mundial, forzando a la humanidad a confrontar su insignificancia. Emily Blunt, como la protagonista en Kansas City, observa tormentas que no son de este mundo –nubes fracturadas por luces imposibles–, mientras Josh O’Connor lucha por sacar la verdad a la luz, enfrentando burócratas y sus propios demonios internos. El director, siempre fiel a sus principios narrativos, equilibra efectos visuales ambiciosos –naves etéreas y entidades sugeridas más que mostradas– con momentos íntimos de conexión humana, todo rodado en formato IMAX para maximizar la inmersión sensorial en salas. John Williams firma su trigésima banda sonora para Spielberg, un hito en su legendaria asociación: crescendos orquestales que se funden con pulsos electrónicos modernos, prometiendo erizar la piel como en sus mejores trabajos, desde las notas juguetonas de E.T. hasta los lamentos apocalípticos de La guerra de los mundos.​​

    Durante la producción, surgieron anécdotas que alimentaron el mito alrededor del proyecto: rumores persistentes de avistamientos extraños cerca de los sets en Atlanta, que el equipo de marketing usó hábilmente para teasers sutiles en redes sociales, generando buzz orgánico sin revelar spoilers. El presupuesto, estimado en torno a los 150 millones de dólares, refleja la filosofía spielbergiana de priorizar la narrativa sólida sobre la espectacularidad vacía o los excesos CGI de blockbusters contemporáneos; cada dólar se invierte en actuaciones matizadas y atmósferas palpables. Universal Pictures, consciente del potencial taquillero, impulsa una campaña global masiva desde meses antes del estreno, con proyecciones especiales en festivales y activaciones inmersivas en ciudades clave, posicionando la película como una de las taquilleras inevitables del año, capaz de rivalizar con secuelas de superhéroes en un panorama saturado de franquicias.

    El Poder del Teaser y su Eco Viral

    El tráiler oficial, disponible en versiones inglesa y española, dura apenas minuto y medio, pero condensa un enigma irresistible que ha paralizado internet: abre con un ojo humano dilatado en primer plano, capturando el terror primordial de lo visto por primera vez, seguido de una voz en off grave que susurra «Disclosure Day» mientras cortes rápidos muestran papeles clasificados amarillentos, siluetas de ovnis rasgando cielos nocturnos y Emily Blunt gritando ante un horizonte fracturado por fuerzas invisibles. Un pulso rítmico subyacente acelera como un corazón desbocado, construyendo tensión sin diálogos extensos ni revelaciones prematuras; es puro Spielberg, maestro en sugerir más de lo que muestra. En su versión española, El Día de la Revelación adapta el tono con subtítulos poéticos y evocadores, logrando decenas de millones de visualizaciones en las primeras horas, impulsado por algoritmos de YouTube y shares masivos en TikTok.​​

    Medios especializados como Rolling Stone y Sensacine lo celebran unánimemente como el gran regreso de Spielberg al sci-fi puro, comparándolo con Señales de Shyamalan por su paranoia conspirativa o Arrival por su introspección lingüística, pero con el sello emocional único del director. TikTok y Reddit estallan en oleadas de teorías: ¿alude la cinta a conspiraciones reales desclasificadas en la era post-Trump, con su gobierno reelegido en 2024 avivando debates sobre ovnis? El impacto es inmediato y exponencial, con hashtags como #DisclosureDay escalando a tendencias globales y foros diseccionando cada fotograma frame por frame, desde la textura granulada de los documentos hasta las sombras ambiguas en el cielo. Spielberg, el eterno showman, sabe perfectamente que el silencio previo y el misterio controlado multiplican el estallido emocional en las salas de cine, convirtiendo el hype en un evento cultural por sí solo.

    Reparto Estelar y Temas Profundos

    Emily Blunt encarna a la heroína reluctant con maestría, una profesional del tiempo de Kansas City poseída por visiones que desafían toda lógica científica, transformándola de observadora pasiva en catalizadora del caos. Josh O’Connor, fresco de su aclamado rol en La zona de interés, aporta una vulnerabilidad cruda al whistleblower que arriesga familia y reputación por exponer la verdad. Colin Firth y Eve Hewson tejen subtramas familiares cargadas de conflicto intergeneracional, mientras Colman Domingo inyecta carisma magnético y dilemas morales que enriquecen el tapiz humano. Es un ensemble perfecto, ensamblado con precisión quirúrgica, para explorar temas profundos como la desinformación rampante en redes sociales, la frágil fe en la ciencia ante lo irracional y la capacidad humana para unirse ante lo ajeno y vasto.​​

    La cinta cuestiona con sutileza nuestra era de smartphones perpetuos y fake news virales, preguntando qué pasaría si la verdad extraterrestre irrumpiera abruptamente en lives de Instagram y notificaciones push, forzando una reevaluación colectiva de la realidad. Es profundamente personal para fans devotos. Spielberg nos enseña, una vez más, a mirar arriba con esperanza renovada, recordándonos que el cine no solo entretiene, sino que expande horizontes emocionales.

    Hacia el Estreno: Legado y Expectativas

    Con estreno en formato IMAX el 12 de junio de 2026, El día de la revelación apunta a superar los mil millones en taquilla mundial, impulsada por campañas inmersivas que incluyen pop-ups interactivos en Times Square y proyecciones nocturnas bajo estrellas reales, además de rumores persistentes de candidaturas a los Oscars, especialmente para la partitura de Williams. Críticos anticipan un hito en la filmografía post-2000 de Spielberg, un puente magistral entre lo clásico analógico y lo moderno digital, revitalizando un género adormecido por fórmulas repetitivas. Para un bloguero apasionado por el cine en toda su dimensión, esta es la cita ineludible de 2026: un recordatorio vibrante de por qué el séptimo arte aún tiene el poder de emocionar, unir y transformar.

    El Legado Extraterrestre de Spielberg: De la Maravilla al Terror

    Spielberg ha explorado los extraterrestres en varias obras maestras que no solo definieron el género sci-fi, sino que moldearon la imaginación colectiva sobre el contacto alienígena. Encuentros en la tercera fase (1977) revolucionó el cine con su comunicación lumínica hipnótica y profundamente humana, presentando aliens no como invasores, sino como seres benignos que despiertan anhelos de trascendencia en personajes corrientes. E.T., el extraterrestre (1982) elevó la fórmula al convertir un ser perdido y frágil en un icono eterno de amistad infantil y pérdida, con su «teléfono a casa» convirtiéndose en grito universal de nostalgia y taquilla legendaria que superó los 700 millones. La guerra de los mundos (2005), su ambicioso remake de la novela de H.G. Wells protagonizado por Tom Cruise, invirtió radicalmente la perspectiva con invasores destructivos y tripods imparables, capturando un caos apocalíptico moderno donde la supervivencia familiar prevalece sobre la heroísmo individual. Cada una de estas películas evoluciona su visión única: de la pura maravilla infantil a un terror existencial adulto, siempre centrada en lo emocional y lo relatable, sentando las bases para que El día de la revelación complete este ciclo con un enfoque conspirativo y esperanzador propio de nuestra era hiperconectada.

    ​​Paco Encinar

  • Michael: la historia no contada del rey del pop que dividirá al mundo

    noviembre 8th, 2025

    Michael Jackson, una leyenda que trascendió la música y la cultura pop, vuelve a la pantalla grande con un biopic anunciado para estrenarse en abril de 2026. La película, titulada simplemente «Michael», está dirigida por Antoine Fuqua y promete un recorrido cinematográfico por la vida personal y profesional del Rey del Pop, desde sus primeros días con los Jackson 5 hasta la cúspide de su estrellato mundial. Sin embargo, el camino hacia este estreno estuvo plagado de controversias, revisiones y polémicas que reflejan la complejidad del propio personaje que retrata.

    La decisión de contar esta historia recayó en el guionista John Logan, conocido por su enfoque minucioso y dramático en biopics anteriores, y la producción está en manos de Graham King, cuya experiencia en el género incluye galardones Oscar. La película es protagonizada por Jaafar Jackson, sobrino de Michael y miembro de la familia Jackson, quien se transforma físicamente para asumir un papel que demanda tanto carisma como respeto por el ícono musical. El elenco se completa con Colman Domingo como Joe Jackson, Nia Long en el papel de Katherine Jackson y Miles Teller interpretando a John Branca, el abogado y mánager clave en la carrera de Michael.

    Desde el inicio de su desarrollo, la producción enfrentó varios obstáculos. Retrasos derivados de la huelga de actores en 2023 postergaron el inicio de la filmación hasta enero de 2024, que se extendió hasta mayo del mismo año. Posteriormente, problemas legales surgieron debido a que el guion inicial incluía representaciones de casos delicados, particularmente el relacionado con la acusación de abuso sexual de Jordan Chandler en 1993. Esta inclusión infringía un acuerdo legal que prohibía dramatizar esos hechos, obligando a la producción a realizar regrabaciones significativas y editar partes cruciales de la historia. Este proceso retrasó aún más el estreno previsto inicialmente para 2025, posponiéndolo a abril de 2026.

    El biopic no rehúye la ambición de mostrar más de 30 canciones icónicas y recrear actuaciones memorables, incluyendo el emblemático «Thriller» y movimientos legendarios como el Moonwalk. Sin embargo, la narrativa ha sido criticada por algunos por ofrecer una visión demasiado positiva, dejando de lado aspectos más oscuros y controversias que marcaron la vida de Michael, particularmente las acusaciones de abuso sexual que, aunque fueron juzgadas y desestimadas en tribunales, siguen siendo foco de debate público. Dan Reed, director del documental «Leaving Neverland» que expone estas acusaciones, calificó la película de «insincera» en su tratamiento de estas complejidades.

    Por otro lado, familiares como París Jackson han expresado su desaprobación, afirmando que la película contiene «mentiras» y representa una versión distorsionada del hombre que fue su padre. La atención de la película se centra en gran medida en la música, la creatividad y el impacto cultural de Michael, mientras que la representación de sus problemas personales y legales aparece suavizada o ausente. Esta decisión ha generado una mezcla de expectativas, curiosidad y rechazo, reflejando la misma dualidad en la que vivió el artista.

    El lanzamiento del tráiler ha sido un evento notable, acumulando más de 30 millones de visualizaciones en sus primeras horas en línea. Muestra a Jaafar Jackson en el estudio de grabación, junto a figuras clave como el productor Quincy Jones, y escenas que evocan tanto la energía de los espectáculos en vivo como la intimidad de la vida familiar. La película intenta balancear el homenaje musical con el drama personal, buscando atraer tanto a los fans del artista como a un público general interesado en su historia.

    Este biopic tiene la tarea monumental de capturar la esencia de un personaje tan complejo como fascinante: un genio artístico, una figura pública mundialmente conocida y un hombre que enfrentó acusaciones serias mientras mantenía un legado imborrable en la música y la cultura. Antoine Fuqua y su equipo han apostado por un enfoque que muestra la vida de Michael Jackson como un drama humano, lleno de brillo y sombras, con la precisión de un relato que pretende ser a la vez respetuoso y revelador.

    El estreno de «Michael» abrirá, sin duda, una nueva ventana para debatir y reevaluar la figura del Rey del Pop, más allá de las noticias sensacionalistas y la polémica. Será interesante ver cómo esta producción encuentra su lugar en la vasta narrativa sobre Michael Jackson, un hombre cuya vida sigue envolviendo admiración y controversia por igual.

    Paco Encinar

  • Omayra Sánchez y el legado inolvidable de Informe Semanal

    noviembre 7th, 2025

    En la memoria colectiva del periodismo español, pocos relatos han dejado una huella tan profunda como el reportaje sobre Omayra Sánchez emitido por Informe Semanal en 1985. Esta crónica no solo documentó uno de los peores desastres naturales de Colombia, la tragedia de Armero, sino que también marcó un antes y un después en la forma de abordar la narración periodística de tragedias humanas. Este es un testimonio que atraviesa generaciones, una historia que sigue estudiándose en facultades de comunicación y que representa un compromiso ético y profesional con la verdad y la dignidad.

    La tragedia de Armero: contexto y magnitud

    El 13 de noviembre de 1985, el volcán Nevado del Ruiz, situado en el oeste de Colombia, despertó violentamente después de una larga fase de actividad moderada. La erupción provocó una gigantesca avalancha de lodo y escombros que sepultó el pueblo de Armero, dejando unos 23,000 muertos, decenas de miles de desplazados y una tragedia irreversible. En medio de esta devastación, surgió la historia desgarradora de una niña de 13 años llamada Omayra Sánchez.

    Omayra quedó atrapada bajo los escombros de su propia casa, con el agua al cuello, durante más de 70 horas. A pesar de la desesperada situación, mostró una dignidad y serenidad conmovedoras, mientras esperaba algún tipo de rescate que finalmente no pudo llegar a tiempo. Su agonía fue grabada por el equipo de RTVE, formado por la periodista Ana Cristina Navarro y el cámara Evaristo Canete, quienes tuvieron el reto ético y humano de contar una historia tan dolorosa sin caer en el sensacionalismo.

    Informe Semanal: un periodismo riguroso y ético

    El reportaje de Informe Semanal no se limitó a mostrar el drama en imágenes. Capturó la esencia de una tragedia humana, proyectando la impotencia de un sistema que no pudo salvar a Omayra y, en un sentido más amplio, la fragilidad de la vida frente a la naturaleza. Fue un ejercicio de respeto profundo hacia la víctima y su familia, a la vez que un llamamiento a la responsabilidad, la prevención y la conciencia social.

    Este trabajo audiovisual no solo emocionó sino que abrió un debate necesario sobre los límites del periodismo gráfico y el valor que debe tener la información en situaciones límites. La valentía y el profesionalismo del equipo, consciente de la sensibilidad del momento, creó un modelo de cobertura que hoy sigue siendo referencia.

    Repercusiones y enseñanza para la comunicación

    Decenas de años después, el reportaje sigue vigentes en facultades de periodismo de España y Latinoamérica, donde se estudia como un caso emblemático de ética, profundidad y rigor informativo. La historia de Omayra y su cobertura invitan a los futuros periodistas a reflexionar sobre la importancia de la verdad, la humildad y el respeto al contar historias humanas. Además, el impacto psicológico y emocional que genera la exposición directa al sufrimiento real refuerza la necesidad de una práctica periodística consciente y responsable.

    No es casualidad que figuras públicas, como la Reina Letizia, hayan reconocido la influencia definitiva que tuvo este relato audiovisual en su juventud, destacando el valor del periodismo serio y comprometido como pilar fundamental para la sociedad.

    La memoria como compromiso

    En memoria de Omayra, Informe Semanal no solo mantiene viva una historia trágica, sino que sostiene la idea de que el periodismo debe ser siempre un ejercicio humano que dignifique las experiencias y sirva para construir una sociedad más consciente y justa. La cobertura de esta tragedia enseña que informar es mucho más que contar hechos; es garantizar que cada vida y cada voz sean escuchadas y respetadas.

    El legado de Informe Semanal con Omayra Sánchez es un recordatorio eterno del poder del periodismo para transformar realidades y preservar la memoria colectiva, un compromiso que seguirá inspirando a generaciones de periodistas y espectadores.

    Paco Encinar

    @kinestubecine

    #Omayra #rtve #historia #viral #resistencia

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  • Stranger Things 5: La batalla final en Hawkins

    noviembre 1st, 2025

    El universo de Hawkins está listo para su colosal cierre. La esperada quinta y última temporada de Stranger Things se estrenará en Netflix en tres bloques, durante el último trimestre de 2025 y los primeros días de 2026, marcando el fin de una era televisiva cuyos ecos se han sentido mundialmente. Esta temporada, que transcurre en el otoño de 1987, promete entregarnos la batalla más épica contra el temible villano Vecna, un enemigo más fuerte y letal que cualquier otro enfrentado en la serie hasta ahora.

    El diseño de esta última etapa parte de una Hawkins militarizada y en alarma máxima, con calles patrulladas por soldados y una ciudad bajo cuarentena para contener el creciente caos. Grietas provenientes del siniestro Mundo del Revés siguen abriendo brechas en la realidad, dando paso a peligrosas criaturas como demodogs y demogorgons que amenazan con extender aún más la invasión oscura.

    Los hermanos Duffer, creadores de la serie, han recordado que este enfrentamiento será el más grande, y no se han escatimado recursos para ofrecer una temporada que combina acción, terror, e intensa emoción, con efectos visuales de última generación que sumergen al espectador en este desenlace memorable.

    Estreno escalonado que genera expectación

    Netflix ha anunciado que esta temporada final constará de ocho episodios, divididos de forma estratégica para mantener la atención e inmersión del público: cuatro capítulos estarán disponibles desde el 26 de noviembre, tres capítulos más llegarán el 25 de diciembre, y un capítulo final especialmente extenso concluirá la saga el 31 de diciembre, víspera de Año Nuevo.

    Esta división por bloques crea una experiencia en la que cada entrega eleva la tensión y expande la narrativa, permitiendo a los seguidores procesar cada fase de la batalla por Hawkins antes del dramático desenlace.

    Un fenómeno cultural global desde 2016

    Desde su irrupción en 2016, Stranger Things ha redefinido el paisaje del entretenimiento en la era del streaming. La serie combinó con maestría la aventura juvenil, el terror sobrenatural y una nostalgia ochentera cuidadosamente recreada, homenajeando a iconos como Steven Spielberg y Stephen King. El carisma de su reparto —de Eleven a Dustin, pasando por Steve Harrington— se convirtió en un fenómeno generacional.

    En sus primeras semanas, la serie fue la más vista en Netflix, acumulando más de 1.350 millones de horas reproducidas, a fecha reciente, y coronándose como la ficción en inglés más vista en la plataforma a lo largo de su trayectoria.

    Con una cosecha de más de setenta premios internacionales y numerosas nominaciones a los premios Emmy y Globos de Oro, Stranger Things no solo marcó récords de audiencia sino que también se inmortalizó en la cultura pop. Inspiró modas, videojuegos, cómics y colaboraciones comerciales, pasando a ser una referencia cultural definitiva para las nuevas generaciones.

    El alma detrás de la batalla final

    En esta temporada final, los creadores han insistido en que, aunque la acción y los efectos están en otro nivel, siguen priorizando la conexión emocional con los personajes. Ross Duffer señala que, a diferencia de temporadas anteriores, esta vez la historia comienza con caos absoluto, ya que los protagonistas perdieron la última batalla al final de la cuarta temporada, lo que añade una nueva dimensión de urgencia y drama.

    Shawn Levy, productor ejecutivo y director en esta temporada, ha resaltado que la emotividad es el corazón que mantiene latente la historia, aún en medio del horror y la acción más intensa, consolidando una vez más la compleja mezcla de sentimientos que ha hecho a la saga tan querida.

    La despedida que todos esperaban

    Con esta última temporada, Stranger Things se despide de su audiencia dejando un legado imborrable en la televisión contemporánea. La serie no solo representa un hito por su calidad narrativa y su éxito global, sino también por haber revivido la cultura ochentera con autenticidad y pasión.

    El cierre que se aproxima promete una mezcla de nostalgia, emoción, y acción épica que hará vibrar a sus millones de fans mientras se despiden de Hawkins y sus habitantes, recordando que, en el mundo de Stranger Things, la amistad y el coraje son las armas más poderosas contra la oscuridad.

    La cita con el final llega el 26 de noviembre de 2025, y nadie quiere perderse ni un solo detalle de esta última contienda, que marcará el fin de un fenómeno cultural de referencia en la era del streaming

    Paco Encinar

  • “El cometa que vino de fuera. 3I/ATLAS y el despertar de la humanidad a su reflejo cósmico”

    octubre 25th, 2025

    En el silencio del espacio profundo, un objeto avanza a más de sesenta kilómetros por segundo. No es un visitante habitual del sistema solar. El 3I/ATLAS, detectado el 1 de julio de 2025 por el telescopio de sondeo ATLAS en Chile, se ha convertido en algo más que un fenómeno astronómico: es un espejo donde los humanos proyectan sus miedos, esperanzas y fantasías sobre la vida extraterrestre.​

    El visitante interestelar

    Los astrónomos confirmaron que se trata del tercer cuerpo interestelar jamás observado tras ‘Oumuamua y 2I/Borisov. Su paso más cercano al Sol se producirá el 29 de octubre de 2025, a 1,36 unidades astronómicas, es decir, unos 203 millones de kilómetros. Desde su descubrimiento, el cometa ha mostrado un comportamiento errático: su cola incluso cambió de dirección, un fenómeno que descolocó a los científicos.​
    La NASA insiste en que no representa ninguna amenaza para la Tierra, aunque su enorme masa —33.000 millones de toneladas— impone respeto. Los observatorios del mundo entero están conectados por una especie de fiebre cósmica que recuerda a los grandes momentos de la exploración espacial, pero también a los augurios de la ciencia ficción.​

    El astrofísico Avi Loeb, desde Harvard, ha sido uno de los más mediáticos. Ha sugerido que el objeto podría ser una sonda alienígena, acaso una máquina exploradora no humana. Con su habitual ironía, recomendó “coger vacaciones antes del 29 de octubre”. Sus declaraciones avivaron una conversación que ya hervía en redes sociales, podcasts y foros de todo el planeta.​​

    La apertura de los gobiernos y los medios

    El segundo semestre de 2025 pasará a la historia como el de la transparencia oficial sobre el fenómeno OVNI. Desde Washington hasta Bruselas, pasando por México y Madrid, los gobiernos han dejado de reírse del tema. La administración de Donald Trump, reelegido en enero, ha impulsado audiencias públicas con exoficiales del Pentágono y de inteligencia para debatir los llamados “Fenómenos Aéreos No Identificados” (UAP), incluso prometiendo desclasificar imágenes hasta ahora secretas.​​

    En paralelo, el estreno del documental “La era de la divulgación”, anunciado para noviembre, ha sacudido el tablero político. Reúne testimonios de 34 miembros de gobiernos y agencias, entre ellos Marco Rubio, quien afirma haber visto “evidencias de naves y seres no humanos”. La producción, elegible para el Óscar, se presenta como un alegato contra ochenta años de encubrimientos.​

    Este fenómeno mediático ha alcanzado proporciones inéditas: los informativos antes escépticos ahora abren sus portadas con teorías sobre 3I/ATLAS, mientras los científicos piden calma y método. En redes, hashtags como #Atlas3I y #Desclasificación2025 son tendencia. La humanidad se asoma, al menos discursivamente, a la posibilidad de no estar sola.

    El eterno dilema: ¿aliados o invasores?

    Cada generación proyecta su ansiedad en los visitantes del espacio. En los años 50, en pleno miedo nuclear, las películas mostraban razas hostiles que destruían ciudades con rayos verdes. En los 70, Steven Spielberg cambió el tono con Encuentros en la tercera fase, donde los extraterrestres traían luz, armonía y melodías universales. Dos décadas después, Tim Burton retomó la ironía en Mars Attacks!, con alienígenas grotescos que exterminaban por diversión.

    El debate vuelve a latir con el paso de 3I/ATLAS. ¿Y si los visitantes no fueran enemigos? ¿Y si su mensaje no se midiera en lenguaje humano? Algunos filósofos sugieren que el verdadero encuentro no sería entre especies, sino entre formas de conciencia. “Si la inteligencia no humana existe”, escribió el astrobiólogo Jason Wright, “no se comportará como nosotros ni pensará como nosotros; quizá no entienda la violencia o la paz como categorías esenciales”.

    En foros de divulgación, la polémica adopta tonos cinematográficos. Los optimistas sueñan con un contacto “a lo Spielberg”, lleno de curiosidad y cooperación científica. Los fatalistas invocan el escenario “a lo Mars Attacks”, donde el poder tecnológico aplasta la ingenuidad humana. De algún modo, ambos bandos reflejan la dualidad de nuestro tiempo: la fe en el progreso y el temor al colapso.​

    El nuevo imaginario colectivo

    La fascinación por lo alienígena no solo ocurre en los telescopios. Lo hace también en los trending topics y en los despachos de poder. Editoriales, pódcast y series documentales exploran un tema antes ridiculizado. La mezcla de IA generativa, astronomía y cultura pop ha dado lugar a una narrativa global donde lo posible y lo legendario se confunden.

    La NASA y la ESA han manejado la comunicación con cautela, evitando alimentar conspiraciones. Pero su tono es menos tajante que antes: admiten que el universo podría albergar formas de vida microbianas o avanzadas, y que la investigación debe continuar. En cambio, las agencias militares hablan sin tapujos de “fenómenos aéreos no identificados”, un término más neutral y diplomático. El espacio exterior deja de ser un abismo y empieza a parecer una región compartida.​

    En América Latina, los canales generalistas han descubierto un filón de audiencia con ciclos sobre extraterrestres, basándose en los informes de inteligencia estadounidenses. En España, los programas de tertulia nocturna ya combinan los datos de la NASA con teorías sobre visitas antiguas o contactos telepáticos. Lo cósmico ha entrado en la sobremesa.

    Epílogo: el espejo de los cielos

    El 3I/ATLAS atravesará el perihelio el 29 de octubre, brillando en el firmamento antes de perderse para siempre. Tras él quedará una humanidad que lo miró fascinada y temerosa. Tal vez no haya invasiones ni mensajes ocultos, pero sí una verdad reveladora: nada une tanto a los seres humanos como mirar hacia arriba y preguntarse qué hay más allá.

    Quizá, como en Encuentros en la tercera fase, lo importante no sea si los otros vienen en son de paz o de guerra, sino si nosotros estamos preparados para reconocerlos como reflejo de lo que somos: criaturas que aún buscan su lugar en el universo.

    Paco Encinar

    @kinestubecine

    #bluebeam #bluebeamproject #proyectobluebeam #ovnis #ufo #alien #extraterrestres #ai #inteligenciaartificial #ia #cine #ciencia #pacoencinar #conspiracion

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