
Las hermanas Owens regresan casi tres décadas después de la película original en una secuela que recupera su universo de brujería, amor y complicidad femenina. Sandra Bullock y Nicole Kidman ya no son las jóvenes estrellas de 1998, sino dos actrices consagradas, ganadoras del Óscar y dispuestas a demostrar que la edad también puede tener poderes mágicos.
Un hechizo que ha tardado 28 años en completarse
En Hollywood, casi ninguna película permanece enterrada para siempre. Algunas resucitan porque fueron grandes éxitos, otras porque conservan una marca comercial reconocible y unas pocas porque el público se niega a olvidarlas. Prácticamente magia pertenece a este último grupo. La película protagonizada por Sandra Bullock y Nicole Kidman se estrenó en 1998 sin provocar una revolución en la taquilla ni entusiasmar especialmente a la crítica, pero el paso del tiempo terminó obrando un conjuro mucho más poderoso que cualquiera de los utilizados por las hermanas Owens.
Han transcurrido 28 años desde aquel primer encuentro con Sally y Gillian, dos hermanas descendientes de una larga estirpe de brujas marcadas por una maldición sentimental. Todo hombre que se enamorara de una mujer Owens estaba condenado a morir prematuramente. Sally intentaba escapar de ese destino construyendo una vida convencional, mientras Gillian prefería desafiarlo lanzándose a los brazos de amores peligrosos. Una era prudente y temerosa; la otra, impulsiva, libre y autodestructiva. Bullock y Kidman parecían entonces dos intérpretes opuestas, pero esa diferencia fue precisamente la que hizo inolvidable su relación en la pantalla.
La primera película costó alrededor de 75 millones de dólares y recaudó unos 68 millones en todo el mundo. No fue, por tanto, el triunfo comercial que el estudio esperaba. Tampoco resultaba fácil clasificarla. Había comedia romántica, fantasía, melodrama, violencia doméstica, asesinatos, resurrecciones, exorcismos y solidaridad femenina. Podía pasar de una secuencia luminosa a otra inquietante sin solicitar permiso al espectador. Aquella mezcla desconcertó en 1998, pero acabó convirtiéndose en su principal seña de identidad.
El vídeo doméstico, los pases televisivos y más tarde las plataformas permitieron que nuevas generaciones descubrieran la película. Las margaritas de medianoche, la casa victoriana de las Owens, los frascos de hierbas, las velas, los vestidos, la música y la complicidad entre las mujeres del clan fueron adquiriendo una condición casi mítica. Prácticamente magia dejó de ser un fracaso para convertirse en una película de culto, especialmente entre un público femenino que reconoció en ella algo más profundo que una historia de brujas.
La segunda entrega no aparece, por tanto, de la nada. Es la respuesta tardía a un cariño que ha ido creciendo durante casi tres décadas. El verdadero milagro no consiste únicamente en haber reunido otra vez a Sandra Bullock y Nicole Kidman, sino en que regresen acompañadas por Stockard Channing y Dianne Wiest. Las cuatro actrices principales de aquella aventura vuelven a ocupar la misma historia 28 años después. En una industria que sustituye con facilidad a sus protagonistas femeninas, esa reunión ya constituye una pequeña rebelión.
Las mujeres Owens vuelven a reunirse
Prácticamente magia 2 recupera a Sally y Gillian en una etapa muy distinta de sus vidas. El tiempo ha avanzado para las actrices y también para los personajes. Sally ya no es aquella joven viuda que trataba de mantener a sus hijas alejadas de la magia. Sus hijas han crecido y deben enfrentarse a un legado familiar que ha permanecido demasiado tiempo oculto. La intención de protegerlas manteniéndolas en la ignorancia termina chocando con una evidencia inevitable: nadie puede escapar de su historia si desconoce de dónde procede.
Una nueva crisis obliga a las mujeres Owens a reunirse y a enfrentarse otra vez a la maldición que lleva siglos condicionando a la familia. La aparición de secretos relacionados con el origen de sus poderes amplía el universo de la primera película. Ya no se trata solamente de combatir una amenaza concreta, sino de comprender el nacimiento de una herencia que ha unido y condenado a varias generaciones de mujeres.
Joey King y Maisie Williams interpretan a las hijas adultas de Sally, tomando el relevo de los personajes que conocimos cuando todavía eran niñas. Su presencia introduce un conflicto generacional necesario. Las jóvenes no quieren limitarse a aceptar las decisiones de sus mayores, mientras Sally descubre que proteger a sus hijas no significa necesariamente decidir por ellas. La magia vuelve a convertirse así en una metáfora de aquello que las familias transmiten, voluntaria o involuntariamente: los miedos, los silencios, los traumas y también la capacidad de resistir.
El reparto se completa con Lee Pace, Xolo Maridueña y Solly McLeod, incorporaciones que permiten que la secuela no sea únicamente una reunión nostálgica. La historia abandona parcialmente la comodidad del hogar de Massachusetts para explorar otros escenarios y aproximarse a los orígenes de la estirpe Owens. El viaje exterior acompaña a otro mucho más íntimo: el de unas mujeres obligadas a decidir qué parte de su herencia deben conservar y cuál necesitan romper definitivamente.
La película está dirigida por Susanne Bier, una elección interesante para una historia que necesita combinar fantasía, emoción y conflictos familiares. Bier, responsable de la oscarizada En un mundo mejor y de títulos como Bird Box, conoce bien los relatos protagonizados por personajes sometidos a situaciones límite. También sabe que las familias pueden ser espacios de protección y, al mismo tiempo, territorios llenos de heridas. Su incorporación aporta una mirada más madura a un universo que conserva su componente romántico y sobrenatural.
El guion está firmado por Akiva Goldsman, que ya participó en la escritura de la película original, y Georgia Pritchett. La historia toma como referencia El libro de la magia, la novela con la que Alice Hoffman continuó la saga literaria de las Owens. La secuela recupera la maldición amorosa, la fuerza de los vínculos familiares y la idea de que la magia no depende únicamente de unas palabras pronunciadas frente a un altar, sino también de la unión entre varias mujeres.
De jóvenes promesas a ganadoras del Óscar
Cuando rodaron Prácticamente magia, Sandra Bullock tenía 34 años y Nicole Kidman 31. Las dos eran estrellas, aunque sus carreras se encontraban en momentos diferentes. Bullock se había convertido en uno de los rostros más populares de Hollywood gracias a Speed, Mientras dormías o Tiempo de matar. Poseía la cercanía y la naturalidad de las grandes actrices de comedia, aunque la industria parecía empeñada en mantenerla dentro de papeles románticos y personajes adorables.
Kidman llegaba a la película con una imagen más sofisticada y enigmática. Había protagonizado Calma total, Días de trueno, Todo por un sueño y Batman Forever. Su Gillian era sensual, impulsiva y aparentemente indomable, pero ocultaba una enorme fragilidad. Su larga melena roja y su manera de desplazarse por la casa de las Owens quedaron asociadas para siempre a la estética de la película.
Veintiocho años después, Bullock tiene 62 años y Kidman 59. Ya no necesitan demostrar que son algo más que dos rostros hermosos elegidos para encabezar una producción comercial. Durante el tiempo transcurrido entre ambas entregas han construido dos de las carreras más sólidas de su generación y las dos han ganado el Óscar.
Sandra Bullock obtuvo la estatuilla a la mejor actriz por The Blind Side (Un sueño posible). Años más tarde volvió a ser nominada por Gravity, una interpretación extraordinariamente física en la que sostuvo buena parte de la película prácticamente sola. Aquella candidatura confirmó definitivamente que la actriz capaz de triunfar con Miss Agente Especial, La proposición o Amor con preaviso también podía enfrentarse a un drama de enorme exigencia.
Nicole Kidman ganó el Óscar por interpretar a Virginia Woolf en Las horas. Antes había sido candidata por Moulin Rouge y posteriormente recibió nuevas nominaciones por Rabbit Hole, Lion y Being the Ricardos. Su carrera ha transitado por el cine de autor, las grandes producciones, el terror, el musical, la comedia negra, el drama y la televisión. Además, series como Big Little Lies demostraron que Kidman había comprendido antes que muchos compañeros que la pequeña pantalla ya no representaba un descenso de categoría, sino un espacio donde encontrar personajes femeninos más complejos.
Las dos regresan a Prácticamente magia convertidas también en productoras de la secuela. No se limitan a colocarse otra vez delante de la cámara, sino que participan en la recuperación de un universo que conocen mejor que nadie. Esa posición resulta fundamental, porque les permite ejercer cierta autoridad sobre la forma en que Sally y Gillian vuelven a ser presentadas.
El reencuentro posee una emoción que no puede fabricarse mediante efectos especiales. Cuando Bullock y Kidman comparten de nuevo el plano, el espectador no contempla únicamente a Sally y Gillian. Ve a las jóvenes actrices de 1998, recuerda las películas que protagonizaron después y reconoce en sus rostros el paso de casi tres décadas. La complicidad ya no nace solamente de la interpretación. También procede de una historia profesional compartida y de la memoria del público.
Brujas contra el edadismo de Hollywood
Uno de los aspectos más interesantes de Prácticamente magia 2 es que coloca en el centro de una gran producción a dos mujeres cercanas a los 60 años. Hollywood ha permitido siempre que los actores masculinos envejezcan sin perder su condición de protagonistas. Pueden seguir viviendo aventuras, enamorándose de mujeres mucho más jóvenes, conduciendo coches a toda velocidad o salvando el mundo cuando ya han superado ampliamente la edad de jubilación.
Las actrices, en cambio, han tenido que luchar contra una fecha de caducidad impuesta. Durante décadas, alcanzar los 40 años significaba comenzar a recibir papeles de madre, esposa secundaria, jefa antipática o figura destinada a desaparecer para dejar paso a intérpretes más jóvenes. No importaba el talento acumulado ni el reconocimiento obtenido. La industria asociaba la juventud femenina con el deseo y relegaba la madurez a un espacio casi invisible.
Bullock y Kidman han conseguido resistir esa lógica, aunque lo han hecho de maneras diferentes. Kidman ha mantenido una actividad casi ininterrumpida y ha buscado personajes arriesgados, mientras Bullock ha seleccionado sus apariciones con mayor cautela e incluso se ha alejado temporalmente de la interpretación. Verlas regresar juntas tiene, por eso, un significado especial. No vuelven para interpretar a las madres de los auténticos protagonistas ni para entregar simbólicamente la franquicia a la nueva generación. Sally y Gillian continúan siendo el corazón emocional de la historia.
La presencia de Joey King y Maisie Williams no reduce a Bullock y Kidman a simples mentoras. La película incorpora personajes jóvenes, pero mantiene una estructura multigeneracional en la que cada mujer posee su propio peso. La juventud no reemplaza a la madurez, sino que dialoga con ella. Las hijas necesitan comprender a sus madres y las madres deben aceptar que no pueden controlar para siempre la vida de sus hijas.
El mensaje resulta todavía más poderoso con el regreso de Stockard Channing y Dianne Wiest como las tías Franny y Jet. Channing supera los 80 años y Wiest se acerca a esa edad. En la película original ya representaban una vejez distinta a la habitual: divertida, excéntrica, independiente y sin ninguna intención de comportarse como la sociedad esperaba. Vivían a su manera, preparaban hechizos, bailaban, bebían margaritas y educaban a Sally y Gillian sin someterlas a las normas convencionales.
Ahora, su presencia permite que la familia Owens abarque varias generaciones reales. No son personajes utilizados únicamente para provocar una carcajada ni ancianas colocadas en la historia para morir y desencadenar la acción de los jóvenes. Son depositarias de la memoria familiar. Representan el conocimiento que no aparece en los libros y la experiencia que solo puede adquirirse después de haber sobrevivido a numerosos errores.
En el universo de las Owens, envejecer no significa perder poderes. Significa conocer mejor sus consecuencias. La magia de las mujeres mayores no necesita presentarse como una versión debilitada de la juventud, porque procede precisamente de todo lo vivido. Esta idea convierte a la película en una respuesta inesperadamente contundente al edadismo: cuatro actrices maduras ocupan el centro de la pantalla sin pedir disculpas, sin esconder sus años y sin aceptar que su historia haya terminado.
La nostalgia como refugio y como peligro
El regreso de Prácticamente magia forma parte de una tendencia evidente. El cine y la televisión llevan años recuperando personajes, franquicias y universos asociados a la infancia o la juventud del espectador. La nostalgia se ha convertido en uno de los negocios más seguros de Hollywood. Si algo funcionó hace veinte o treinta años, siempre existe la tentación de repetirlo añadiendo caras nuevas y unas cuantas referencias destinadas a provocar el aplauso automático.
Prácticamente magia 2 tampoco puede escapar de esa estrategia. La casa, las velas, los rituales, los objetos reconocibles y las margaritas de medianoche forman parte del equipaje emocional que la secuela necesita recuperar. El público quiere reencontrarse con aquello que recuerda. Sería absurdo rodar una continuación que rechazara todos los elementos que convirtieron a la primera película en una obra de culto.
El peligro aparece cuando la nostalgia sustituye a la historia. Recordar no basta para construir una buena película. La simple aparición de un escenario o la repetición de una frase conocida pueden generar emoción durante unos segundos, pero después es necesario ofrecer un conflicto capaz de justificar el regreso. La secuela funciona mejor cuando utiliza el pasado para hablar del presente y no cuando pretende reconstruir 1998 como si nada hubiera cambiado.
La edad de sus protagonistas hace imposible esa congelación. Bullock y Kidman no son las mismas mujeres y Sally y Gillian tampoco pueden serlo. Fingir lo contrario habría convertido la película en un ejercicio artificial. La verdadera emoción aparece cuando el paso del tiempo se integra en la historia: en las pérdidas acumuladas, en las decisiones que pesan, en los hijos que se hacen adultos y en el miedo a transmitirles los mismos errores.
La nostalgia también posee aquí una dimensión particularmente femenina. Muchas películas dirigidas a mujeres fueron tratadas durante años con cierta condescendencia crítica. Las comedias románticas, los melodramas, las historias de hermanas o las fantasías domésticas parecían ocupar una categoría inferior frente a otros géneros considerados más importantes. Prácticamente magia sufrió en parte ese desprecio. Su mezcla de tonos fue vista como un defecto, cuando precisamente aquella libertad explica que siga siendo recordada.
El público terminó comprendiendo que la película hablaba de cuestiones bastante más oscuras de lo que sugería su apariencia. La relación abusiva de Gillian, el miedo de Sally a amar, la pérdida, el duelo y la fuerza de una comunidad de mujeres convivían con el humor, la fantasía y el romance. La magia servía para contar cómo unas mujeres podían salvarse entre ellas cuando las estructuras tradicionales no ofrecían ninguna protección.
La segunda parte hereda esa lectura y la adapta a una época diferente. Las brujas han dejado de ser únicamente figuras malignas o seductoras para convertirse en símbolos de autonomía, resistencia y conocimiento femenino. Las Owens encajan perfectamente en ese nuevo contexto, aunque ellas ya defendían esas ideas en 1998, cuando todavía no se utilizaban las mismas palabras para explicarlas.
La verdadera magia es haber llegado hasta aquí
Prácticamente magia 2 no necesita demostrar que el tiempo no ha pasado. Su mayor virtud consiste precisamente en admitir que han transcurrido 28 años. Sandra Bullock y Nicole Kidman han cambiado, sus personajes han envejecido y el público que descubrió la primera película también ha atravesado una parte importante de su vida. La secuela no puede devolvernos a aquel momento, pero sí recordarnos quiénes éramos cuando conocimos por primera vez a las hermanas Owens.
El regreso de Sally y Gillian contiene una emoción que va más allá de la trama. Ellas buscaban entonces la posibilidad de vivir y amar sin estar sometidas a una maldición heredada. Ahora deben preguntarse qué han transmitido a sus hijas y si es posible protegerlas sin repetir los mismos silencios. La historia continúa hablando de magia, pero también de algo mucho más reconocible: el temor de cualquier generación a dejar en la siguiente las heridas que recibió de la anterior.
Bullock y Kidman vuelven con un Óscar cada una, varias nominaciones y una colección de personajes que las han convertido en dos referentes del cine contemporáneo. Pero la importancia de su regreso no se mide únicamente en premios. Está en la posibilidad de contemplar a dos mujeres maduras liderando una película fantástica sin que su edad sea tratada como un problema que deba ocultarse. Está también en recuperar a Stockard Channing y Dianne Wiest y permitir que las mayores continúen formando parte activa del relato.
La nostalgia puede ser una trampa cuando se utiliza para fingir que todo tiempo pasado fue mejor. También puede convertirse en algo hermoso cuando sirve para observar la distancia recorrida. Prácticamente magia 2 encuentra su razón de ser en esa segunda posibilidad. No pretende borrar las arrugas del tiempo, sino incorporarlas al hechizo.
Casi tres décadas después, las mujeres Owens vuelven a encender las velas, abrir los viejos libros y enfrentarse a una maldición que nunca llegó a desaparecer del todo. Sin embargo, la imagen más poderosa no necesita conjuros ni efectos visuales. Basta con ver a Sandra Bullock, Nicole Kidman, Stockard Channing y Dianne Wiest juntas de nuevo, ocupando el espacio que les corresponde y demostrando que una mujer no pierde su magia cuando envejece.
Tal vez ese sea el auténtico encantamiento de esta secuela. En una industria obsesionada con la juventud, cuatro mujeres maduras regresan para reclamar su casa, su historia y su lugar en la pantalla. Y 28 años después, el público sigue dispuesto a aceptar la invitación y brindar con ellas bajo la luz de la luna.
Paco Encinar








